Tp 12 – DOCUMENTO 06
EL CULTO DESDE LA PERSPECTIVA PASTORAL Y DE LA PSICOLOGÍA DE LA RELIGIÓN
""Algunas notas introductorias
para iniciar una charla entre amigos". Exposición del Lic. Hugo N. Santos, el día 22 de noviembre pasado, organizada por la
Fraternidad Teológica Latinoamericana en el Instituto Bíblico Buenos Aires. El Lic. Santos es licenciado en Psicología, pastor
de la Iglesia Metodista y Secretario de ASIT (Asociación de Seminarios e Instituciones Teológicas)."
El culto, aún analizado desde
las ciencias humanas, admite diferentes niveles de análisis. Dentro de las perspectivas propuestas para esta ponencia he elegido
tres temáticas que son, a mi entender, tres posibles corredores adecuados no sólo para entender (hasta donde es posible hacerlo
en relación con este encuentro comunitario con lo divino) sino para descubrir las enormes posibilidades que tiene el culto
para el crecimiento individual y comunitario y el goce de la vida. Por eso, he elegido como temáticas el culto y la salud
mental, la cuestión del goce como esencial en el encuentro con Dios y las imágenes de Dios que pueblan nuestro universo religioso.
Culto y salud mental Uso la expresión salud mental por la naturaleza
de la temática tratada, pero de ninguna manera la independizo del concepto de salud espiritual, crecimiento en la fe o en
la vida cristiana o cualquier otra expresión con la que solamos estar más familiarizados. El mensaje que emana del evangelio
encarnado en la persona y las palabras de Jesús es la más grande contribución a la salud de la vida humana. Siendo así,
salud mental y salud espiritual son dos dimensiones íntimamente relacionadas. Salud espiritual incluye salud mental. Toda
patología de naturaleza psicológica es un obstáculo para el crecimiento en la vida cristiana. No es el lenguaje “religioso”
lo que supone vida en el Espíritu, sino una vida que encarne esos valores y dones del Espíritu. Jesús lo tenía muy claro cuando
hablaba de “Por sus frutos los conoceréis” o cuando polemizaba con los religiosos de su tiempo. En lo que
se refiere a nuestro tema, estoy convencido que el culto ofrece una magnífica oportunidad para tal crecimiento. Siendo una
experiencia que expresa y fortalece la unidad de la iglesia, hace realidad la unión de unos con otros y con Dios y se ofrece
como una experiencia y continente amoroso para el crecimiento y desarrollo de la vida. Porque así como podemos decir que una
iglesia no es iglesia, sólo porque se decide colocar en el frente del edificio un cartel alusivo, el culto no es culto por
el sólo hecho de que lo llamemos así. Y el contexto de amor es la condición básica para poner esta experiencia en esa categoría.
¿Cómo no podría ser una experiencia tal ésta de estar pensando y sintiendo lo mismo acerca de las cosas más importantes
de la vida? ¿Cómo no habría de serlo una reunión que promueve el reconocimiento de nuestros actos y palabras alienadas ya
perdonadas por Dios que reclama el perdón hacia nosotros mismos acompañado de un propósito de vida nueva? ¿Cómo no habría
de serlo una experiencia donde se promueve la gratitud por las bendiciones recibidas de Dios y de nuestro prójimo que es reconocer
el amor y la preocupación por la vida nuestra que nos viene de afuera? ¿Cómo no habría de ser una contribución a la salud
de nuestra existencia el culto que estimula la responsabilidad y la ayuda de unos con otros y con aquellos que están más allá
del culto mismo? ¿Cómo no sentirse fortalecido, libre de culpas, integrado a la comunidad y a la creación toda, inspirados
por la multiplicidad de identificaciones que surgen de una experiencia comunitaria tal, enriquecidos por recordar en el desarrollo
del culto esos valores que la vida cotidiana suele hacernos olvidar? Y todavía no dijimos nada de la predicación que no
es más importante que el resto del culto, pero tiene un sentido especial. Porque si hablamos de perspectiva pastoral debemos
decir que el sermón debería ser visto desde este ángulo: “Consejería o asesoramiento grupal”. ¿O qué queremos
decir cuando hablamos de “un buen sermón”? Yo lo definiría así: Es aquella predicación, basada en la Biblia, que
logró modificar la conducta del oyente, empezando por el primero (o sea el predicador), en la perspectiva del Reino de Dios.
Se trata del análisis del texto bíblico en diálogo con la realidad interna y externa del que oye movilizando el pensar, el
sentir y el hacer del mismo. Cómo nos gusta a los predicadores que al final del culto nos digan que el sermón estuvo bueno
o nos agradezcan por el mismo. ¿Bastará solo eso para que sepamos que hemos predicado un “buen sermón”? ¿No buscaremos
resultados inmediatos para no ver que la eficacia del sermón se probará a la semana siguiente...o al mes siguiente...o a la
década siguiente? ¿Será más importante nuestro narcisismo o la renuncia al mismo al aceptar que en muchos casos, tal vez la
mayoría, jamás sabremos lo que el Espíritu Santo pudo hacer en la persona a través del mensaje? Pero ¿es esto lo que está
sucediendo en nuestros cultos? No tengo estadísticas actualizadas, pero sospecho que hay más de 1000 iglesias evangélicas
en la Capital y el Gran Buenos Aires (1). Si cada una de ellas, supone un culto por domingo, por lo menos, ¿no debería ser
esta experiencia, vivida por un sector importante de la población, una dosis significativa de sal y luz en la vida de la ciudad
o del país? ¿Hasta qué punto tienen consecuencias concretas estas experiencias en la posibilidad de la “vida en abundancia”
que Jesús vino a traer? ¿No hay en nuestros cultos elementos que alejan a las personas del crecimiento? Para pensar en los
que predicamos o presidimos, ¿tenemos claro que el sermón o la dirección litúrgica, desde cierto enfoque, son como un autoretrato,
en el sentido de un acto auto-revelador que implica que cuanto mayor sea la carencia de autoconciencia del predicador tanto
más proyectará, implícita o explícitamente, a través de sus sermones sus imágenes y sentimientos inconscientes, que pueden
tener efectos distorsionantes sobre el mensaje cristiano. Muchas de las ideas e imágenes acerca de sí mismo y de los otros aparecerán en la conducta de él o ella en el culto. Cuando un sermón o
la actitud de alguien que preside distorsiona el mensaje cristiano, se convierte en una potencial traba para el crecimiento.
El tema del gozo La psicología vinculada al tema religioso supone diferentes elementos: no
es lo mismo estar hablando de la experiencia del encuentro con Dios, que de las organizaciones religiosas, que de los dogmas
o del papel de la religión en la sociedad. Todos estos aspectos deben valerse de instrumentales teóricos diferentes, no hay
una continuidad natural entre ellos. Ahora, quiero referirme en particular a la vivencia del encuentro con Dios. Para
entenderla, el tema del gozo me parece que es un eje fundamental. El gozo es un estado del ser humano que no es ajeno
al pensamiento bíblico. Podríamos hacer un largo recorrido por diferentes versículos y pasajes donde se hace presente desde
el mismo Antiguo Testamento. Es la reacción que provoca la revelación del Dios creador y salvador. Gritar de alegría, saltar
de júbilo, regocijarse en la presencia de Dios, gustar del gozo eterno, el gozo como fruto del Espíritu son algunas de las
expresiones que se usan para expresar este estado. Me parece importante si estamos apelando a la psicología de la experiencia
religiosa distinguir dos conceptos que podrían confundirse: placer y gozo. El placer está relacionado con la cultura, supone
la repetición de algo conocido y que da gusto volver a repetirlo, dado que ya es conocido. Ratifica al yo, el pedir el mismo
gusto de helado, el gusto de un niño al volver a escuchar un cuento. La persona se siente bien, domina el mundo, pero la experiencia
no le agrega nada. El goce se acerca a lo impensado, algo que no está preparado, lo que no figura en el catálogo cultural.
El goce es sorpresa, algo nuevo, enriquecedor, indescriptible, inédito. Requiere un dejarse desequilibrar, un arrojo de la
existencia. Es la dimensión de lo extra-ordinario. Si se repitiera (hablamos de la experiencia subjetiva) significa que
el recuerdo ha avasallado a la experiencia y la ha encerrado en sus parámetros y todo lo que suceda será como esa experiencia.
El placer es decible, el goce, no. No es expresable porque no es repetible. El placer apunta a la seguridad. El goce es
riesgo, improvisación. El goce y el placer son de distinto orden, pueden coexistir en una experiencia, pero no pueden
encontrarse. El goce supone que el ser pierde todo lo que ha sido y todo lo pensado y todo lo programado. Sería como la ruptura,
al menos por un momento, del disco rígido de la computadora interna. La función de la cultura es cultivar. Esto es marcar
un surco en la siembra para que se produzca el fruto, la cosecha. Se planifica así el ahora del mañana para que sea como el
de ayer. La cultura procura seguridad, cimientos, firmeza. El goce se acerca al desnudamiento y la desnudez, la irrupción
de la libertad que no destruye a la cultura, pero que la transgrede. En el goce no hay patrones ni repeticiones ni dogmas
que así tiene que ser. Sólo se dice lo que se repite. Por eso en el goce hay algo del orden del milagro, algo que rompe con
lo esperado e instituído. Cuando alguien está demasiado estructurado, puede no dejar espacio para el nivel del goce. Está
tan lleno de saber que no deja espacio para el sabor. En el goce, la experiencia religiosa adquiere su más plena expresión
porque la religión es un enjambre de símbolos, un tejido de deseos llevados a su máxima expresión, un grito de esperanza,
un entramado de ilusiones, un horizonte de horizontes, la más fantástica expresión de protesta y de deseo de transformación
de la realidad.
¿Por qué esta introducción? ¿Qué aporte nos trae sobre nuestra
comprensión de la vivencia de Dios en el culto? Lo primero que debemos decir es que la experiencia cúltica puede reunir
elementos de gozo y de placer, lo que no implica negar la presencia de otros estados afectivos, pero la esencia de la experiencia
religiosa tiene mucho más que ver con el gozo que con el placer. Aunque el culto suponga la presencia de elementos que se
repiten, el fervor, el gozo, el sonido de cada palabra, han de tener el sabor de la primera vez, la sensación de algo que
va más allá de la palabra, que viene de un mundo que sólo parcialmente podemos comprender, pero que trasciende a todos los
conocimientos:
San Juan de la Cruz lo expresaba de este modo:
Entreme donde no supe, y
quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo Yo no supe donde entraba, pero cuando allí me ví, sin saber
donde me estaba, grandes cosas entendí; no diré lo que sentí, que me quedé no sabiendo, toda ciencia trascendiendo
Y si lo queréis oír, consiste
esta summa sciencia en un subido sentir de la divinal esencia; es obra de su clemencia hacer quedar no entendiendo,
toda sciencia trascendiendo. (2)
Lacan dice que “...vislumbran la idea de que debe de haber un goce que está más allá. Eso se llama un
místico...está claro que el testimonio esencial de los místicos es justamente decir que lo sienten, pero que no saben nada”(3).
La dimensión de misterio, mucho más familiar en el mundo católico que en el evangélico, nos ayuda a penetrar en esta dimensión
del goce. En las primeras décadas de su producción, Freud escribió el primer artículo sobre uno de los temas que fue su
obsesión: la religión. Se trata de “Los actos obsesivos y las prácticas religiosas”. En la mayoría de los textos
que analizan este aspecto de la obra de Freud no figura entre los más importantes. Sin embargo, comparto el pensamiento de
Paul Ricouer en el sentido que en este pequeño escrito encontramos en forma rudimentaria todo lo que argumentaría en los largos
textos posteriores. Freud establece una comparación entre los ceremoniales neuróticos y los rituales religiosos. Aquéllos
“consisten en pequeños manejos, adiciones, restricciones y arreglos puestos en práctica, siempre en la misma forma o
con modificaciones regulares, en la ejecución de determinados actos de la vida cotidiana” (4). Tales actos aparentan
ser meras formalidades, carentes de significación, insensatos y absurdos a diferencia de los ceremoniales religiosos que aparentan
tener un sentido y una significación. Pero, para Freud, tal diferencia significativa desaparece en cuanto la técnica de investigación
psicoanalítica facilita la comprensión de ambos. “El sujeto que padece obsesiones y prohibiciones se conduce como si
se hallara bajo la soberanía de una conciencia de culpabilidad, de la cual, no sabe, desde luego, lo más mínimo” (5).
La persona se comporta como quien necesita que debe realizar determinados actos si no quiere que le ocurra una desgracia,
así el ritual es un acto de defensa o de aseguramiento. Siendo así controlan las pulsiones reprimidas y preservan del castigo
por la existencia de las mismas”. Así el ceremonial de las prácticas religiosas se convierte en lo más esencial y en
el centro del contenido ideológico” (6). Todo esto lo lleva a Freud a afirmar que la neurosis obsesiva es una religión
individual y la religión una neurosis obsesiva universal. Dejando de lado el ateísmo que es uno de los fundamentos de
Freud para transitar estas reflexiones, nos preguntamos ¿no se convierten a menudo las formas de expresión cúlticas en estilos
que deben ser repetidos una y otra vez como si fueran esenciales a la experiencia misma? ¿No se han armado peleas serias en
las congregaciones acerca de la colocación de los bancos, el uso de determinados instrumentos, la elección de estilos musicales
o los criterios para el orden litúrgico? ¿No hay detrás de algunas resistencias la sensación que algo se debe reiterar para
que no surjan malestares interiores?. ¿No generan algunas iglesias adicciones a formas que sugieren lo repititivo y que impiden
el gozo de lo nuevo que trae el Espíritu? ¿No quedan algunas expresiones litúrgicas vacías de contenido? Hablamos muchas
veces de tener o no tener a Cristo. Sin desechar estas expresiones, yo prefiero decir que Cristo nos tiene a nosotros. No
es un juego de palabras sino que por aquí viene la diferencia fundamental entre religión y magia: en esta, nosotros tenemos
a Dios (no muy diferente a una pata de conejo u objetos de similar significación), la religión supone lo contrario. Y si esto
es así, no soy el que controla la relación, es Dios que siempre está llegando y trayendo esa primera vez. Una vez una
persona me preguntó ¿el domingo que viene hay un culto especial? Le contesté sí, como todos los domingos. Al culto hay que
vivirlo en clave de nuevo. Y como soy profesor de teología práctica, pregunto por las consecuencias práctica de estos
conceptos. Si bien el culto debe tener cierto orden, éste no taponará lo imprevisible de Dios. Un orden escrito es tan digno
como otro que no lo está, pero cuidado con tener todo tan prolijito desde el principio al fin que impida el fluir de lo nuevo.
El culto debe ser participativo, el pastor o el liturgista son sólo facilitadores. El culto no es el show, ni propiedad de
nadie.
Modelos de Dios Tengo que asumir la influencia de un libro
con este título que he leído esta semana. Su autora es Sallie McFague. Me pareció un buen libro. Conste que para mí esa categoría
corresponde a un texto del que no necesariamente tengo que estar de acuerdo en su totalidad, pero que en su planteo general
y consideraciones particulares va dejando aperturas hacia nuevas reflexiones y nuevos aprendizajes. La pregunta que preside
el desarrollo del libro es con qué metáforas concebir a Dios como un “Tú” que está relacionado con el mundo de
manera unificada e interdependiente. La pregunta no es ociosa en tanto que el mundo de la religión o la imagen de Dios pertenece
a una dimensión que compromete la imaginación, dimensión única en el caso del ser humano. El ser humano tiene imaginación,
mientras que el animal, no. La vivencia de este se agota con las experiencias que recibe de los sentidos, los límites de lo
real coinciden con los límites de lo posible. La imaginación en el ser humano se entiende si la pensamos como una función
psicológica que se construye a partir de la resistencia a la realidad, que conlleva la sospecha, alimentada por la ilusión,
que los límites de lo posible son mucho más amplios que los límites de lo real. La imaginación supone insatisfacción con lo
existente. Las imágenes de Dios y el mundo de lo religioso están vinculados a toda esta cuestión. La autora hace una crítica
de las metáforas triunfalistas, patriarcales e imperialistas de Dios, asociadas a lo que llama el modelo monárquico, y busca
figuras que se aproximen más a la imagen que Jesús muestra en su persona, al poder salvífico de Dios y a aquellas que más
nos sirven para vivir hoy en el mundo en que estamos. Así propone pensar al mundo como cuerpo de Dios y a este como madre
(sin eliminar la imagen de padre), como amante y como amigo. Cualquier metáfora es un intento de decir algo sobre lo desconocido
a partir de lo conocido, de hablar sobre lo que ignoramos a partir de lo que sabemos. Dice la autora: “Habitualmente,
la teología ha concedido una gran importancia a la verdad; tanta, que ha rechazado toda actividad de la imaginación: por medio
del control de las creencias y las formulaciones de la ortodoxia, ha impedido cualquier intento de que nuevas metáforas ‘probaran
sus posibilidades’...Una teología metafórica es, consiguientemente, desestabilizadora: puesto que ninguna forma de referirse
a Dios es adecuada, y todas son impropias, las nuevas metáforas no son necesariamente menos adecuadas o impropias que las
antiguas” (7) Más allá de cómo resuenen en nosotros estas expresiones, seamos o no teólogos, nuestra imaginación
genera imágenes vinculadas a Dios.
Siendo así, es importante preguntarse cuáles son las imágenes de Dios que implícita
o explícitamente se promueven en el culto. Es un hecho que no podremos evitar que las imágenes sobre Él estén teñidas de elementos
culturales que vienen de la sociedad y de la propia cultura eclesial. Pero atención, recíprocamente las imágenes con las que
nos manejamos habrán de teñir la propia organización. No hay duda que hay una correlación entre las imágenes de Dios y numerosos
aspectos de la organización eclesial. En iglesias y teologías donde se enfatizan metáforas triunfalistas, patriarcales e imperialistas,
el machismo y otros fenómenos vinculados campea con toda la fuerza. Me pregunto cuáles son las imágenes de Dios que aparecen
en nuestros himnos, nuestra predicación, nuestra liturgia toda. Me preocupa porque lo religioso no es inocuo, ni neutro. Cura
o enferma, promueve la confianza y la esperanza o el temor, libera de la culpa o la exaspera, coloca a la persona en la realidad
o la aliena, genera puentes o pone barreras entre las personas, etc.. La iglesia existe para adorar, para ser comunidad
y para llevar a cabo una misión. Las tres dimensiones deben estar presentes en el culto que será así centro de la vida de
una comunidad cristiana.
NOTAS: (1) No sería fuera de lugar agregar un número no menor de otras iglesias cristianas.
(2) San Juan de la Cruz: Poesías Completas. Hyspamerica. Pag. 25 a 27. (3) J.Lacan: Dios y el goce de La mujer. El
Seminario. Libro 20. Aun. Paidós. Pag. 92. (4) S. Freud: Los actos obsesivos y las prácticas religiosas. En Obras Completas.
Editorial Biblioteca Nueva. Pag. 1049. (5) S. Freud: Op. Cit.. Pag. 1051 (6) S. Freud: Op. Cit.. Pag. 1053 (7)
Sallie McFague: Modelos de Dios. Teología para una era ecológica y nuclear. Sal Terrae
|